🕊
Callado, adormecido. La cabeza apoyada sobre el borde de la bañera, el brazo colgando fuera de ésta; el dedo índice, de la mano derecha, señala una baldosa partida. Desde el ventanal se filtra la luz pálida del día gris, rompiendo levemente la penumbra que le rodea. Con los ojos cerrados la recuerda, el silencio reproduce su voz con extraordinaria nitidez. Se fue sin avisar. Se perdió en la bruma de las dudas: de pronto un día no despertó. Los ojos cerrados para siempre, el cuerpo tibio, la carne trémula, la boca sellada. Ella era la luz, el verbo, el todo. Ella era el nombre, todos los nombres. De reojo observa la boca de acero, dispuesta al lado del grifo. Mira sus dientes afilados, escucha el silencio que emerge a gritos de sus fauces y la imagina hablando con sus venas, lamiendo su piel, mordiendo su carne, empapándose con su sangre, silenciando su vida. Suspira: “¿Qué hay del mundo ahora?”. Desde fuera se filtra el canto armónico de un mirlo. Él contiene el alient...