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domingo, 13 de mayo de 2012

Por algo hay que empezar

El otro día, tío, te lo juro...voy...voy por la calle, por que iba a comprar el pan,  y voy a cruzar por un paso de cebra, cuando de repente...Pam...aparece, tío...

-¿El qué?

-Una cebra, joder, una puta cebra.

-¿Qué? ¿Una cebra, por la calle?

-Si tio...por la carretera, en un paso de cebra. Me apareció...así, de repente.

-Pff...estás loco. 

Guardan silencio mientras la voz del televisor se inmiscuye en la conversación. Están en una cafetería, sólo, media hora y un trayecto de doscientos metros les separa de la entrevista de trabajo que podría decidir sus vidas. Los dos tipos trajeados, continúan la conversación. 

-¿No me crees o qué?

-¿Ah pero que sigues con eso? 

-Te lo voy a contar, aunque no me creas. Se me aparece la cebra, de frente, y yo en el coche, acojonao. Apretaba el volante con todas mis fuerzas, y ni siquiera me daba cuenta...estaba...por una parte emocionado, por que una cebra se hubiese fijado en mí, pero por otra parte, pensé: ¿Qué cojones hace una cebra a las tres y media de la madrugada en Gran Vía?

-¿Qué? ¿Pero no has dicho que ibas a comprar el pan? ¿Compras el pan a las tres y media de la madrugada?


-Joder tío...eres la hostia, te estoy hablando de que se me aparece una cebra en la carretera, y tu te quedas con la gilipollez del pan. 


-¿Cuándo pasó eso, a ver? Si es que pasó...

-No lo sé tío, verás...la cebra....se me quedó mirando, de frente. Con esos ojos que tienen y todo el cuerpo lleno de rayas. Y me dijo que no podía pasar por ahí, que eso era un paso de cebras.

-¿Qué?- pregunta entre risas- Te estás quedando conmigo, tío...¿Una cebra que te habló? Ay dios...¿Y tu que hiciste?

-¿Qué voy a hacer tío?  Una jodida cebra me estaba diciendo que me volviera, ¿Y si se enterase que llevo toda mi vida pasando por ahí? 

-Joder tío...que chungo. Pero no me lo has dicho, ¿Qué hiciste?

-Pues le dije que lo entendía, y me giré para irme. Pero entonces...ella corrió, me agarró del cuello y me dijo...

-¿Qué? ¿Qué te dijo?

-Que los niños bonitos, no pagan dinero...y...algo sobre un barquero.

-Joder tío...Que mal rollo...

-Espero que no me afecte...no quiero volverme loco por haberme liado una noche con una cebra.

-En fin tío...lo que tu digas... Vamos a la entrevista, va, que ya es la hora. 

Los dos amigos, salen de la cafetería y se encaminan a paso ligero hacia el edificio donde se llevará a cabo el proceso de selección. Es una mole de hormigón enorme con una gran estructura acristalada y dos edificios anexos como alas complementarias. Es difícil no entrecerrar los ojos ante el brillo inmaculado de las baldosas. Cuando la secretaria les toma los datos, se sientan y esperan junto a otros candidatos.

Por fin le toca al señor que había visto la cebra. Abre la puerta, entra en el despacho, cierra tras él, y cuando mira al escritorio se queda paralizado. Allí está...la cebra...

Sentada frente a la mesa de madera lustrosa, sobre una silla de cuero con ruedas. Y al verle, su enorme boca se abre, armonizada con el arqueo simultáneo de sus pequeños ojos y sonríe. 

-Mira quien ha venido...si es la amparo aspirando a un trabajo. 

-No te rías de mí...no te creas superior por ser una cebra.

-Cállate y siéntate, nenaza. Que eres una nenaza.- le dice la cebra. 

-Tu no eres nadie para hablarme así- responde el tipo, y no puede evitar sollozar.

-Pero...pero...¿Estás llorando nena? Oh dios mío...si tenemos aquí a una verdadera gwendoline.

-Cállate....cállate- respondió el tipo aumentando la intensidad de su llanto. 

- Está bien...está bien...relájate hermoso, que tienes el trabajo.

-¿De verdad?- pregunta el aspirante.

-Por supuesto.- dice la cebra tendiéndole una pata. -Espero no haberme pasado...a veces soy un poco burra. 

-No se preocupe...usted para mí, siempre será una cebra. 

Y así fue como un tipo cualquiera, consiguió su primer trabajo. 


jueves, 5 de abril de 2012

Aramta Mancer


     
A T.C. que aplaude de forma incondicional todo lo que sale de mis dedos; yo aplaudo de forma incondicional, todo lo que sale de sus ojos. 

     La tierra estaba seca entonces.

Recuerdo que el mundo estaba desnudo, y la hierba supuraba suspiros de hambre, antes de que pudiera haber creado Dios, aquello que algunos dicen que creó, ella ya existía.
Alguno diría que caminaba en cuero por los valles, a grandes zancadas con los brazos siempre levantados al cielo y la mirada entrelazada en espirales de amor por la magia, ya entonces me sostenía. Pero yo diré que caminaba en seda, porque sólo de seda podría decirse que es su piel, y ya por entonces lo era. A veces degustaba escuchar el trote de su corazón sobre la tierra. Y tan fuerte le parecía que temía que por la espalda le saliera el ingrato, embadurnado de sangre, y sin embargo tan de seda como su propia piel; de sangre y sin embargo caminaba en seda, la primera de los mortales que hoy vive todavía.
Pero la tierra estaba seca entonces.

Se habían secado los páramos que penosamente habían soportado el paso de los días bajo el influjo ampuloso de los días que habían traído desde tormentas de arena hasta mañanas de colérico sol, todo había atravesado el vientre del subsuelo pero nada que pudiera calmar su sed, nada que pudiera hacer revivir su vigor, o su fuerza: la tierra estaba seca entonces.
Pero ella caminaba en seda a grandes zancadas. Con la sonrisa siempre brillante y la mirada siempre despierta. A veces se detenía, y contemplaba los pájaros que en las ramas se posaban. Desde lejos los contemplaba hasta sentirse profundamente enamorada de sus comunes encantos, de sus aleteos volátiles, del poderío del que hacían gala cuando emprendían el vuelo y allá en lo alto, sobre el techo del mundo, donde ya su bella mirada no alcanzaba a vislumbrar, allá en lo alto agitando las alas se perdían.  Luego por la noche, tumbada sobre la ladera de alguna montaña yerma, miraba en el cielo las estrellas con irreprimible amor por sus admirables portentos lumínicos, y cuando en la infinidad de los números se perdía se sentía volar como los pájaros que antaño a su vista habían desaparecido.
¿Querrán ellos andar tanto como yo quiero volar? Se preguntaba sin dejar de sonreír. Y era entonces cuando más feliz estaba, cuando pensaba en la posibilidad de llegar al bosque, y huir. El lugar donde todo asumía la posibilidad de esfumarse, de desaparecer. “Si consigo entrar en él, no podrá vigilarme” Pensó. Podré ser libre sin tener que llevar estas andrajosas vestiduras”
Porque se le pegaba la piel a los huesos, y se sentía presa de un violento encantamiento, ella no sería ella misma hasta que no se deshiciera de la piel. Ella estaba en el aire y en sus propias miradas, ella era parte de la trayectoria inalterable de las cosas, del paso sucesivo de los segundos en torno a ella, ella se sucedía, y su entorno con ella sucedía. “Debo quitarme esta piel…me cuesta respirar con ella, me cuesta hasta sentir con ella”

Por eso el día que el vecino de arriba desvió la mirada, tomó la más transcendental de sus decisiones, aquella que decidiría el curso de la humanidad que posteriormente tras ella aquella tierra ocuparía. Y pisando más fuerte que nunca, corriendo como un animal huidizo que tratara de consumar su fuga, trató de llegar hasta la maraña masiva de árboles bajo los cuales el vecino no podría encontrarla.
Sin embargo, cuando estaba a punto de conseguir su objetivo, un dedo desde arriba la señaló: “¿Qué haces maldita? Te dije que en el bosque solo habitaban las más oscuras fieras,¿ y buscas ser tragada por sus fauces de una forma tan desesperada? ¿Qué te falta? ¿O qué te sobra, mujer?”
Y ella desde abajo, incapaz de mirarle a los ojos susurró:

-No quiero creer en ti…no puedo creer en ti.

Encolerizado por el orgullo de la mortal, el dios de los creyentes, la última carta en la baraja de los ateos, la condenó a la vida eterna bajo su ostentoso ojo omnisciente. Y ella abrumada de rodillas cayó.
Con las rodillas sobre la seca tierra, se encorvó hasta posar la frente en el suelo. Y tanto fuego sintió en su mirada azul, que una gota de algo que jamás antes había visto, se derramó de uno de sus ojos, transitando livianamente la superficie curva de su suave mejilla derecha hasta yacer sobre la tierra. Algún alivio debió sentir, porque gritó, y una nueva gota derramó, que cayó despacio ondeando en el aire por un momento de abrumador suspense, acabando finalmente estrellándose de nuevo contra el suelo.
Pasó, que donde sus lágrimas cayeron, la tierra empezó a respirar con cierta vehemencia. Las flores emergieron de sus entrañas con la mayor de las pasiones, y sintiéndose infinitamente mejor, la ya inmortal, lloró.

Lloró como solo podría llorar un humano, con la salvedad de que sus lágrimas pronto copularon con el fluido que la tierra expulsó de sus entrañas en silencio, tan discretamente que ni siquiera el omnisciente pudo darse cuenta. Y ríos de vida naturales, fluyeron de sus ojos a la tierra, y de la tierra a sus ojos para que ella lo viera. Ríos de seda que saciaron la sed de una tierra enferma, porque la tierra estaba seca entonces.

Y al verlo el tipo desde arriba, enarcando sus peludas cejas y ensortijando los rizados pelos de su canosa barba pensó, ojalá no la hubiera conocido nunca, y se enamoró.

Juró por ello silencio eterno, y se dedicó al más puro arte de la contemplación.

Y desde entonces en silencio, pero de forma solemne, aplaude cada uno de tus actos, y lamenta que crezca un nuevo río, a pesar de que lo haga en seda, a pesar de que vaya de tus ojos a la tierra, y de la tierra a tus ojos para que ellos lo vean. 

domingo, 7 de agosto de 2011

Standby

Cuando miras el abismo ocular,
de una belleza inspirativa,
estás, a la vez, siendo un verbo en modo pasivo,
un complemento circunstancial discriminativo;
estás, contemplando un abismo,
que a la vez,
te contempla a ti mismo.

Cuando tus dedos tocan una piel,
que ni te pertenece, ni crees, que te debería pertenecer;
una piel de magnitudes tan colosales que solo tocarla,
te produce un inmenso placer.
cuando tocas la piel de un ensueño,
y sueñas con ella, y sueñas, con llevarla al cielo,
ella...también te está tocando a ti
aunque su sueño no incluya tu anhelo.
Y por ello tu, a diario, te sientas morir.

Cuando el mobiliario de un hogar,
ampulosamente ajeno, se muestra obsceno,
y no se antoja hogar;
cuando todo el entorno, de forma violenta detiene el rumbo,
de las circunstancias virulentas y desde el cieno,
te pide una pausa, un trago, un tiempo muerto.
cuando todo se enferma y un ave paraliza su vuelo,
detiene su canto, y en standby, el escenario nauseabundo,
detiene el espectáculo. Tu...
con los dedos colmados de un amor tan enfermo,
detienes también el baile de tus dedos.

Y por un momento, el mundo se para contigo.
Luego...
sientes por la lengua, resbalando suave, su ombligo,
recuerdas...
y tus dedos vuelven a acariciar esas cuerdas...
de aquellas guitarras tan locas,
y el mundo vuelve a gritar de miedo.
Y el corazón sobre las palabras,
vuelve a surtir su habitual efecto.